Marinero de tierra o campesino de aguas, el deshormigador de panes observa un pájaro de mar pasar rasante sobre la piscina. Ello ocurre ante los grandes entarimados de madera que forman los lavaderos de piedras negras. Mientras el viento circunda las torres, el agua va y viene, en una secuencia casi imposible de registrar. El sonido es constante hasta hacerse imperceptible, pero no deja de alterar las moléculas y la inmovilidad de las máquinas a explosión. Aislado entre los chopos de arena, todo puede ser imaginación de la urbe.