El espacio isleño para el trabajo es metódico, lento y preciso. Nada tiene que ver con la rutina, sino con avanzar sin dejar nada. Acoge todo anuncio, aunque sea velado, para barrer la hoja que quedó.

La palabra indecisa o el anuncio de un blanco debe ser ocupado de inmediato. Esto se hace sin rapidez, sino con el exacto movimiento de retroceso y avance.

De alguna manera es un proceso de automatismo vigilante que permite estar en más de dos situaciones a la vez. La escoba y el cielo. El motor y el árbol.

En la rutina y en el delirio, la multitud, que no cruza la ciudad sino que se queda fija mientras tocan el espacio imperioso de la piel, sabe que puede ser otro, cuando concentra la mayoría de la atención.

Por ello es posible colgar un papel con una inscripción hasta que se deshaga entre los vientos de la ciudad, de igual modo como se pulveriza en medio del campo.

En la muerte la dignidad tiene que ver con estar en los últimos actos de la respiración, sin dejar ninguno al azar, y en el mismo momento inspirar el aire del otro espacio donde el caos es preciso.